lunes, 25 de octubre de 2010

El privilegio de ver la vida en primera línea - DiarioMedico.com

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ESPAÑA
FERNANDO BAQUERO MOCHALES HA CONTRIBUIDO AL DESARROLLO DE LA MICROBIOLOGÍA MODERNA
El privilegio de ver la vida en primera línea
Al conversar con Fernando Baquero, parece obvio que este microbiólogo podría haber sido un buen filósofo o un historiador del arte: la excelencia que imprime en todas las cosas que acomete no distingue el trabajo del ocio. Él piensa, no obstante, que sólo se ha dedicado a una cosa, porque todos los caminos llevan a las bacterias. Los logros y reconocimientos no le parecen importantes al lado del privilegio de ser un estudioso de la vida.


Sonia Moreno - Martes, 26 de Octubre de 2010 - Actualizado a las 00:00h.


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Cuando le dijo a su padre, don Gregorio, que iba a dedicarse a la Microbiología, creo que le auguró muy poco futuro.

-Mi padre había trabajado durante muchos años como microbiólogo en el Hospital del Rey; le destinaron allí durante la guerra civil, donde vio muchas infecciones en soldados. Pero en la posguerra aparecieron los antibióticos y mi padre llegó a la convicción personal de que los antibióticos acabarían con las enfermedades infecciosas. De hecho, casi acabaron con la tuberculosis, y los grandes especialistas en la enfermedad se quedaron sin trabajo gracias a la reducción de los casos graves de esa enfermedad. Luego esto se demostró falso.

Con un planteamiento mental de carácter biológico, uno puede comprender casi todo; estamos aquí para entender a los seres vivos


Así que se opuso a la voluntad paterna y continuó con la Microbiología.

-No es que buscara oponerme, es que a mí lo que realmente me gustaba era la biología. Si las bacterias no fueran patógenas, pues también me gustarían.

¿Cómo surgió ese interés?
-Para mí la biología es una ciencia de síntesis. Con un planteamiento mental de carácter biológico uno puede comprender casi todas las cosas. La vida es la que da un marco global de entendimiento del universo. Estamos aquí para comprender esencialmente a los seres vivos.

Busco hallar leyes generales; por eso creo que soy un médico regular y un relativamente buen científico


Se nota la impronta de su padre, aficionado a la filosofía.

-Tengo muchos escritos suyos, que he continuado; él fue un estudioso de la filosofía crítica alemana, que coloca los límites del conocimiento sobre todo en nuestra capacidad de percibir e integrar los conocimientos cognoscitivos en nuestra propia mente. Yo creo que incluso se puede ir más allá, y me ha interesado mucho la facultad de imaginar como fundamento de la investigación científica: sólo podemos trabajar mentalmente aquello que podemos imaginar, porque la imagen condensa muchas nociones que desde el punto de vista racional son difíciles de acoplar. Creo que una de las limitaciones de la ciencia moderna es que existe un exceso de información, de tal forma que nadie es capaz de ver todo el conjunto.

¿Ya pensaba así cuando estudiaba la carrera, en Madrid?
-Sí, siempre me interesaban más los aspectos generales que los particulares. Quiero decir que a mí me parece que es muy difícil sacar conclusiones generales de un enfermo o de un pequeño número de enfermos. Por eso quería entrar en algún campo donde pudiera tener algún tipo de leyes generales. Con los individuos es justo al revés: uno tiene que prescindir de la ley general para curar al enfermo. La raíz de un buen médico consiste en abolir la ley general para humanizarte, individualizarte. Mi mujer, por ejemplo, que es cardióloga, es una médico fantástica; y mi hijo pediatra también conoce muy bien los enfermos; a ellos les satisface mucho esa labor, pero a mí no lo suficiente. Por eso creo que soy sólo un médico regular y un relativamente buen científico.

Mi mujer es una chica fantástica y una médica excelente; este año cumplimos 50 años de enamorados


¿Con qué profesores conectó más durante la carrera?

-Gómez Oliveros, de Anatomía. Y con Ortín Picón [Histología], que era uno de los discípulos de Ramón y Cajal, tuve mucha relación.

Estudió en el Instituto Pasteur.
-Hice el curso Bioquímica, genética y epidemiología de las bacterias resistentes a los antibióticos; era 1970, el tema estaba de moda y encajaba muy bien en mis intereses. Los antibióticos han puesto de manifiesto que las bacterias sienten miedo, son capaces de cooperar para defenderse, de inventar, variar sus genes y fenotipo para salvar una situación. Es la evolución en tiempo real, que siempre me ha apasionado y me ha llevado a la biología evolutiva.

Me gusta hacer el entrenamiento mental de conectar cosas en apariencia distantes en la cerámica, arte de las invasiones y ahora, la pintura


¿Cómo recuerda esa estancia en París?

-Siempre he dicho que nuestra escuela, si se puede llamar así, la que hemos hecho en el Ramón y Cajal, procede de la de Delft, donde trabajó Anton van Leeuwenhoek, que inventó el microscopio para ver los hilos de seda en las telas, y fue la primera persona que vio microbios; él dio origen a un planteamiento de la microbiología que yo descubrí a través de un libro de Roger Stanier, El mundo de los microbios, del que quedé enamorado: mezclaba ecología, evolución y taxonomía en una única forma de comprender las cosas. Stanier dio unos cursos en el Laboratorio de Cold Spring Harbor a los que asistieron dos personas decisivas para mí: Jacques Monod, que trajo esas ideas al Pasteur, y el español Carlos Asensio, profesor de Bioquímica en la Autónoma y creador del Centro de Biología Molecular.

Deduzco que ha sido un estudiante aplicado y que salía poco.
-Estaba un poco... intelectualizado. En Madrid daba conferencias sobre el existencialismo, un seminario de música sobre los cuartetos de Beethoven...

En esa época conoció a su mujer...
-Sí, en la universidad. Mi mujer conectaba con ese mundo en el que me movía. Es extremadamente brillante, se formó en la Escuela de Enfermedades del Tórax y después se incorporó al Ramón y Cajal. Es una médico excepcional y una chica fantástica. Me encanta conversar con ella. Este año cumplimos 50 años de amor, de enamorarnos, que no de boda, que fue seis años después. Tenemos tres hijos: una es farmacéutica, decana de Ciencias de la Salud en la Alfonso X, otro es médico, y el tercero, editor de libros de texto.

Ha hablado de Carlos Asensio. ¿Cómo empezaron a colaborar?
-Fui contratado como microbiólogo por Enrique Jaso, que renovó la pediatría española en La Paz. Me interesaba mucho cómo eran los primeros días de contacto entre el niño, un ser estéril al nacer, y las bacterias. Estudiaba el intestino del recién nacido y por alguna razón se enteró Carlos Asensio y empezamos a cooperar. Hicimos hallazgos sobre las interacciones microbianas y tuvimos la suerte de que nuestros trabajos llegaron a grupos importantes en Estados Unidos Unidos, como el del profesor Severo Ochoa, que nos ayudó a publicar.

Entonces hicieron el hallazgo de las microcinas.
-Sí. Yo no trabajo ya en eso, pero hay mucha gente en el mundo que continúa haciéndolo.

¿Cómo llegó al Ramón y Cajal?
-Tenía 32 años y era jefe de Servicio en La Paz y también presidente de la Sociedad Española de Microbiología. Tuve mucha suerte; seguramente coincidió con la expansión de los grandes hospitales la necesidad de hacer una microbiología clínica desde otro punto de vista, al que contribuí. El Ramón y Cajal surgió como un centro con grandes posibilidades de investigación. Se había creado un departamento específico, esencialmente por Sixto Obrador y por Rodríguez Delgado. Me presenté a un concurso de oposición para la jefatura del Servicio de Microbiología y pude elegir a mis colaboradores; algunos de ellos siguen trabajando conmigo estos días.

¿Cómo vivió ese arranque?
-En primera línea. Formé parte de lo que se llamó la rebelión de los coroneles, con Joaquín Ortuño, Andrés Córdoba... Estábamos emocionados por la similitud entre el proceso de transición política en España y la transición política del hospital, que se produjo de forma paralela. En ambos casos queríamos no tirar lo bueno que teníamos a la basura, sino aprovecharlo y transformarlo en algo mejor. Tuvimos que inventar un hospital general, y parte de las dificultades iniciales fue que no estaba concebido para ello; fuimos capaces de mantener el departamento de investigación, que ha sido clave para la formación del actual Instituto de Investigación Ramón Cajal, del que ahora soy director científico.

¿Cuál fue la parte más árida de esa transición?
-No recuerdo ninguna parte árida, salvo las ideas apriorísticas de una parte de la clase médica española que pensaba que este hospital era un heredero directo de la tradición franquista dirigido por una serie de señores que habían sido protegidos por el régimen y que disponían de unos medios muy importantes que otros hospitales no tenían, lo cual no era cierto: podría haberlo sido, pero no lo fue. Algunos jefes de departamento también guiaron la transición: Díaz Puertas, Palacios Carvajal y Obrador permitieron a las nuevas generaciones que llevaran a cabo el cambio.

¿Quién era su general?
-No tenía; era mi propio jefe. Desde muy joven prácticamente no he dependido de nadie, cosa que no sé si es buena o mala; ahora empiezo a tener (ríe).

¿Pensó en algún momento que el hospital no saldría adelante?
-No. Aquí se juntó un montón de gente muy buena. Estábamos seguros de que el proyecto saldría y con éxito. Después, a causa de la enfermedad gestionista de esta sociedad, pues nos hemos quedado un poco más reducidos de lo que pensábamos. La mediocrización como única forma de igualitarismo nos vino muy mal. Hemos tenido que luchar contra la infiltración de la gestión, no me refiero ya a este hospital, sino en general. Creo que uno de los procesos cirróticos de la actualidad es la proliferación de la gestión y de sus mecanismos. Los médicos hemos perdido nuestra capacidad para controlar ese equilibrio. Estamos en manos de la concepción gestionista global, que tendrá aspectos positivos pero que no debería poner en riesgo la función noble y vital de la acción médica, de investigar y de tener pensamiento libre.

¿Lo practica con sus colaboradores?
-Claro. Primero porque creo que no es cuestión de saber muchísimo para descubrir algo importante. Un sabio a veces no encuentra nada y un becario da con la solución de forma inocente.

Y la experiencia ¿qué lugar ocupa en la investigación?
-En resolver técnicamente los problemas de laboratorio y en cómo los datos confusos almacenados en el cerebro se ponen en relación. Yo nunca pienso: mi forma de actuar es no pensar. A mí alguien me lo dice; si estoy escribiendo un artículo científico, alguien me lo dicta.

Como no haya nada guardado, difícilmente se podrá asociar.
-Sí, pero oscuramente guardado. Para conectar cosas que aparentemente no están relacionadas tienes que tenerlas oscuramente presentes en tu inteligencia y que al azar se produzca la asociación. Entonces lo detectas como una revelación, una inspiración. De hecho los microbios actúan igual, basándose en las relaciones al azar de sus componentes genéticos y bioquímicos, y gracias a eso descubren todo sin pensar nada.

De esa libertad que deja a sus colaboradores es como surgieron las unidades, ahora servicios, de enfermedades infecciosas, medicina preventiva...
-En un momento determinado, sobre todo en La Paz, actuaba como una especie de consultor en enfermedades infecciosas, pero era muy consciente de que no tenía suficiente experiencia clínica para ser un buen médico al diagnosticar y tratar infecciones. Cuando vine al Ramón y Cajal pude contratar en mi servicio a infectólogos propiamente dichos, médicos especialistas en enfermedades infecciosas, que entonces no existían en el país, al menos no en la forma moderna. Tuve la enorme suerte de poder contar con Emilio Bouza, que entonces estaba en la Universidad de California en Los Angeles y él formó a un grupo de infectólogos que durante 20 años han estado albergados en el servicio. Bouza fue el primero en Madrid (en Cataluña lo hicieron los internistas) que empezó a atender en serio enfermedades infecciosas. Y veinte años despues, en 1999, pensé que las enfermedades infecciosas habían adquirido ya un nivel de madurez que yo estaba limitando, y propuse a la dirección del hospital un servicio de infecciosas, para el que se contrató a Santiago Moreno, que también había sido residente de Microbiología y con el que mantenemos una excelente relación. Estoy muy satisfecho de haber contribuido a sacar adelante grupos de esta repercusión.

¿El microscopio aleja del enfermo?
-En mi servicio, que ahora dirige Rafael Cantón, hay gente muy dedicada a la Microbiología Clínica -por ejemplo, María Meseguer y Enrique Gómez Mampaso- y deben ser preservados como una especie muy importante en los servicios de Microbiología. Por lo que a mí respecta, sí, me ha alejado de los enfermos individuales; el individuo que me interesa es la sociedad, la bioesfera; todo eso también tiene una vertiente médica.

¿Nunca ha dado clases?
-No. Cuando se inauguró la Universidad de Alcalá de Henares, yo me ofrecí humildemente para lo que fuera necesario, pero no tuve respuesta. Tampoco me he interesado mucho por ella, porque sabía que era en los hospitales donde se podía hacer ciencia. Sí he dado miles de conferencias a lo largo de mi vida, probablemente muchas más fuera de España que aquí.

Tiene muchos reconocimientos de las grandes sociedades extranjeras, pero ¿se considera profeta en su tierra?
-La caja de resonancia de tu labor es proporcional a la dimensión que la ciencia tiene en cada país. Es lógico que por ejemplo en Estados Unidos, cuya dimensión científica es mayor, cualquier cosa que hagas adquiera más resonancia, como la misma nota tocada en un contrabajo y en un violín canario.

¿Qué hace un bacteriólogo interesado en la cerámica de Toledo?
-Además de la filosofía de la ciencia, me han interesado tres temas monográficamente: el arte del periodo de las invasiones bárbaras, para entender cómo los diseños circulan entre distintos pueblos, cómo aparece un motivo chino en una fíbula visigoda. También durante años estudié la cerámica, por la misma razón, para ver conexiones, por ejemplo, entre la china y la toledana. Desde hace diez años estoy metido en la pintura renacentista, donde se pueden hacer gran cantidad de asociaciones. En lugar de ir al gimnasio, hago este entrenamiento mental: reconocer y poner en relación cosas aparentemente distantes. Mi mujer se desesperaba, porque mi forma de trabajar es colocarlo todo delante de mí para verlo a la vez: lleno el despacho y luego voy esparciendo papeles por las camas...

Es fácil imaginar de qué hablan los domingos en casa, con su hermana Margarita y su cuñado Manuel López-Brea, también microbiólogos.
-Pues es raro que hablemos de trabajo. Mejor dicho, yo creo que hablando de cualquier cosa, hablamos de bacterias.



Español

Baquero ha representado a España en muchos foros científicos internacionales y eso, según reconoce, "patriotiza". En una ocasión sus colegas del Hospital Gómez Ulla le regalaron una bandera española, que luce en su despacho y con la que espera que vistan su féretro como última señal de satisfacción por haber pertenecido a su país.


Los sueños de un viajero de metro

Hijo de madrileño, como buen gato, Fernando Baquero en cualquier calle de Madrid se siente en el pasillo de su casa. Ahora que asume la dirección científica del Instituto Ramón y Cajal de Investigación Sanitaria (Irycis) no tiene mucho tiempo para pasear, pero no ha dejado de tomarle el pulso a su ciudad porque es asiduo al metro, y reconoce que ser testigo de esa "biología urbana" le entretiene mucho.El filósofo de la ciencia Gaston Bachelard escribe en uno de sus libros sobre la poética de los elementos que sólo se puede teorizar lo que se sueña. Puede que sea al soñar cuando Baquero cuece sus ideas y así consigue escribir al dictado, sin necesidad de pensar, como él mismo asegura; lo cierto es que su discurso fluye de forma natural: cualquier pregunta se convierte en el punto de partida de un viaje hacia el mundo de las bacterias, por el que discurren conceptos en los que ahora trabaja, como el de los fármacos "eco-evo" y de la "medicina del planeta", y que recrea con claridad y entusiasmo. Hubiera sido un profesor excelente, uno de esos que, con permiso de Bolonia, bordan las clases magistrales.

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